LUIS BRUNO Y YO, UNA AMISTAD
Amigo, me encanta pensar en ti, aunque te fuiste hace muchos años. Cada vez que en San Luis se realiza el Festival Internacional de Danza “Lila López”, vuelvo a reflexionar sobre ti. Te conocí en los años ochenta, cuando el festival apenas comenzaba y solías visitar el Teatro del Instituto Potosino de Bellas Artes, donde yo acudía cada año a leer en la biblioteca y saludar al director Gilberto Vázquez.
Al pintor de las “Niñas” deseo descanse en el cielo, pues también partió hace tiempo. Es triste recordar a quienes se van, y ese dolor me quedó en la nostalgia desde que dejé de verte hace cuarenta años.
Te visité varias veces en la Ciudad de México, en tu casa de la colonia Popotla, donde conocí a tu hija y a tu nieto Luis Bruno, de bellos ojos. Yo vivía en Tacuba, éramos casi vecinos. Recuerdo nuestras encuentros en el Sanborns de Azcapotzalco, y cómo ese lugar me evocaba la iglesia donde fui bautizada, hoy Catedral.
Leo aún los poemas que me diste. Me causan alegría, aunque también tristeza. Tu pequeño libro Tres variaciones de la angustia ha perdido su portada y contraportada, pero sigue vivo en mi memoria.
Cabes entera en una palabra
Una palabra caja de cristal,
Caja de uvas y cerezas
Para perfumar tu carne.
Cabes en un vocablo
Joyero de cristal labrado
Y también de madera blanca…
Cabes sola con tus flores,
Con tus sonrisas
Y tu mirada triste.
Vives en dos sonidos
De cantar de agua en lengua de un río…
Mira aquí estás entera, desnuda como una rosa
En esta voz que arrulla: AMOR.
Recuerdo también nuestras visitas al Café-librería de Lafragua, donde la poetisa Guadalupe Pita Amor leía sus poemas como pájaros al azar. Tú hablabas mucho de danza, movías las manos con entusiasmo, me mostrabas tus notas del Excélsior. Tenías una enorme máquina de escribir y una montaña de papel que ocultaba tu rostro.
En Popotla solíamos pasar por el famoso Árbol de la Noche Triste, que nos inspiraba a recordar el llanto del conquistador.
Luis Bruno, naciste en Pachuca, Hidalgo. Te graduaste como cirujano dentista en 1954 y escribías sobre ballet y danza desde 1948. Te convertiste en un gran crítico de arte, viajaste y estudiaste en diversos países, siempre inspirado por la danza clásica. Me hablaste de Camus y Sartre, y colaboraste con el Marqués de Cuevas en procesos coreográficos.
Nunca olvidaré tu conferencia sobre la relación entre música, danza, poesía y pintura, ni tu escrito en Excélsior de 1988, donde afirmabas:
“Las palabras pueden servir para rehabilitar a personas con enfermedades mentales… deben tener aliento espiritual que ayude a acrecentar la voluntad de ser de cada paciente.”
Tus columnas y notas siguen presentes, como un reflector raudo en el bosque de la memoria.
Está bien. Adiós.
