¿Para qué trabajas si el trabajo ya no paga?

¿Para qué trabajas si el trabajo ya no paga?

Desde siempre los pringaos recibieron los puros huesos –ya chupados– mientras el capital se harta de lucro, regalías y otros dulces mimos. Tal desequilibrio generó millones de miserables cuyas breves y duras vidas se agotaron produciendo la llamada acumulación primitiva de capital que, en palabras de Marx, “nació chorreando sangre y lodo por todos sus poros”.

El derecho a pataleo no vino incluido en el capitalismo, ni siquiera como opción pagando un modesto suplemento; fue logrado mediante luchas sociales muy reprimidas. Es lo que se dio en llamar lucha de clases.

A lo largo de más de dos siglos, la masa de productores logró acceder a una parte de la prosperidad hecha con su propio trabajo. En algunos periodos históricos, la evolución de los salarios permitió que una parte significativa de la población mejorase su nivel de vida. Fue el caso de Francia durante los años llamados “los treinta gloriosos” (1945 – 1973).

Elise Koutnouyan, periodista del diario financiero parisino Les Échos, en un artículo acompañado de un video, asegura que ese tiempo se acabó. El título lo dice todo: “Por qué el trabajo ya no paga”.

La introducción de su nota te pone la carne de gallina, te eriza la piel:

“En Francia, una vida entera de trabajo ya no permite aumentar durablemente el nivel de vida. Es una ruptura histórica desde 1945.”

En el subtítulo la periodista va directo al grano: “El contrato social en torno al trabajo se fisura”:

“Durante mucho tiempo, el trabajo prometía una cosa: mejorar nuestro nivel de vida. Esa era la base de todo un imaginario social, la idea de que cada generación viviría mejor que la anterior gracias al trabajo. Pero hoy en día, ese contrato social se está resquebrajando. El trabajo ya no compensa, en el sentido de que ya no permite mejorar el nivel de vida de forma sostenible. Esta ruptura histórica se viene produciendo desde principios de la década de 2010. Desde entonces, el poder adquisitivo de los asalariados franceses se ha estancado. Aumenta menos de un 1 % al año de media, según el INSEE (instituto de estadísticas). A este ritmo, habría que trabajar más de ochenta años para duplicar el nivel de vida. Esta evolución, señalada por Antoine Foucher en su libro «Sortir du travail qui ne paie plus» (Salir del trabajo que ya no compensa), afecta a todos los asalariados.”

Todos. Incluso tú, profesional gilipollas que te crees clase media. La incesante batalla del capital por aumentar el lucro y obtener una más alta rentabilidad no hace prisioneros. Ni excepciones.

A estas alturas o bien quieres traer tu capitalito a Francia o bien te preguntas quién, cómo y cuándo se hizo responsable de este desastre.

Sigue leyendo alma impía:

“¿Por qué se estancan los salarios en Francia? La culpa la tiene un capital que ya no paga. Francia, el país donde los asalariados se encuentran entre los menos motivados de Europa.”

Dos razones estructurales explican esta ruptura histórica: la productividad y la financiación del modelo social.

Por un lado, la productividad laboral en Francia se estanca desde la década de 2010. Sin embargo, son las ganancias de productividad las que explican, a escala macroeconómica, que los salarios aumenten. ¿Y por qué se estancó la productividad de los galos? Por la sencilla razón de que el capital se llevó la industria a Asia, donde los salarios son muy inferiores. Francia se desindustrializó.

Por otro lado, el modelo social francés se sustenta en su mayor parte en los trabajadores. Esto se traduce concretamente en las cotizaciones sociales sobre los salarios brutos. Estas representan el 46 % del salario medio total y, por lo tanto, pesan sobre el salario neto que perciben los franceses.

Leíste bien: del salario bruto se descuentan las cotizaciones sociales que financian la salud, los seguros de desempleo, las pensiones de un sistema por repartición, la formación profesional y un par de cosas más. El monto global de esas cotizaciones representa un 46 % del salario medio.

Chile, país en el que nunca conocimos algo parecido a “los treinta gloriosos”, la prosperidad jamás le llegó a los pringaos y en el que el trabajo nunca pagó, a menos que pienses que calentar un curul en el Municipio, en el Parlamento o en La Moneda sea trabajo.

Y que, contrariamente a lo que se cree, hace escuela: hace unos días el ministro francés de Finanzas, frente al descalabro del aumento del precio de la energía y a su crasa incompetencia para hacerle frente a ese detalle —inspirándose en el ejemplo chilensis que autorizó el retiro parcial de los fondos de pensión para que los pringaos pudiesen morfar— tuvo una iluminación repentina:

“Bercy quiere autorizar a los asalariados modestos a retirar 2 000 euros de su plan de ahorro en la empresa.”

Esto llevó a un sindicalista franchute a alzar la voz:

“Luché en la pega para que los asalariados rehusaran la participación en el PAE compuesto de un solo y único fondo a 5 % de derecho de entrada más 3 % de gastos de gestión, que renta menos que una libreta de ahorro desde hace 15 años. Hay empresas en las que los PAE son desastrosos y con asalariados incultos en materia de gestión patrimonial, el PAE los priva del dinero que harían bien poniendo en cualquier lado menos en esta mierda. Por eso es una buena noticia en las pegas podridas en PAE como la mía, poder retirar su billete de manera fácil y sin impuestos.”

El “plan de ahorro en la empresa” (PAE) es un salario diferido que recibe el currante tras una larga espera. Así, el billetito se queda en manos del empresaurio mientras el pringao trabaja. Ese billete, aparte de reducir los costes salariales en lo inmediato, puede ser “colocado” en productos financieros del mercado (¿leíste The financial world or the revolving crisis?).

En eso estaba cuando recibí algo parecido a las lecciones que las hermanitas Meneses daban en el catecismo que dispensaban en San Fernando allá por el año 1955 y que te resumo aquí para que te enteres:

“Habrá guerras y rumores de guerras, señales arriba en los cielos y abajo en la tierra, el sol se tornará en tinieblas y la luna en sangre, habrá terremotos en diversos lugares, los mares se saldrán de sus límites y entonces aparecerá en el cielo la gran señal del Hijo del Hombre.”

Ese tipo de mensaje leí —no podía ser de otro modo visto que no hay otra prensa— en el suplemento Economía y Negocios de El Mercurio del domingo pasado (19/04/2026).

Con el atenuante de que esta vez el mensajero es un weón vivo, o más bien vivaracho, lo cierto es que Juan Andrés Camus, presidente de la Bolsa de Santiago, no es como la luna: brilla con luz propia.

Tengo para mí que su mensaje es de inspiración divina —él es el portador de la gran señal del Hijo del Hombre— y tiene por objeto aportar un inmenso grano de arena al Plan de Reconstrucción Nacional proyectado por el actual inquilino de La Moneda.

Juan Andrés declaró, literalmente, esta frase cuya sabiduría y presciencia causa envidia:

“En la medida en que la economía vuelva a crecer, se recupere el empleo de aquí al 2030, los capitales volverán.” (sic)

Dicho de otro modo, no sirve bajarle los impuestos a los empresarios visto que los capitales volverán solitos una vez que todo vaya bien y mañana mejor.

Si has llegado a la conclusión de que esta distinguida notabilidad puso la carreta delante de los bueyes… pa’ mí que habría que reconocer tu trabajo de reflexión. Que dicho sea de paso, tampoco paga.