Cesan las bombas, se intensifica la desinformación: la otra guerra no descansa

Cesan las bombas, se intensifica la desinformación: la otra guerra no descansa

Eso que denominaron “tregua”, promovida por Donald Trump —independientemente de su alcance táctico o su densidad diplomática— no impide, ni tiene la capacidad de impedir, la dinámica profunda de la guerra cognitiva.

Porque esta no depende de ceses al fuego territoriales ni de acuerdos militares convencionales, su campo de batalla es la subjetividad social, su munición son los signos, y su objetivo estratégico es la colonización del sentido.

Entendemos que la guerra cognitiva no se guía por los ritmos perceptibles del conflicto bélico, sino por la persistencia estructural de la contienda ideológica. Aunque una tregua militar podría conllevar la suspensión temporal de bombardeos o incursiones, la ofensiva mediática —que comprende operaciones de desinformación, manipulación semántica, saturación simbólica y fabricación de consensos— se intensifica precisamente en esos intervalos, donde la apariencia de “paz” abre las condiciones idóneas para la reconfiguración del relato predominante.

En ese sentido, la tregua no es un paréntesis, sino un dispositivo. Funciona como signo político que reorganiza percepciones, reordena jerarquías de credibilidad y legitima actores. Bajo la lógica de la guerra cognitiva, todo anuncio de distensión puede convertirse en una operación de reposicionamiento discursivo: quién aparece como pacificador, quién como obstáculo, quién como amenaza latente.

En este punto se encuentra una contradicción: mientras se declara la suspensión de hostilidades materiales, se intensifica la generación de narrativas beligerantes. La tregua, lejos de neutralizar la confrontación, la desplaza al terreno simbólico, donde los costos son menos visibles, pero no menos decisivos.

La guerra cognitiva no destruye infraestructuras físicas, pero desarticula tejidos sociales, erosiona la capacidad crítica y naturaliza relaciones de dominación. Esta continuidad ofensiva se sostiene en aparatos mediáticos transnacionales que operan como verdaderas fábricas de sentido. No se limitan a informar, construyen realidades. Seleccionan qué acontecimientos existen públicamente, cómo deben interpretarse y qué emociones deben suscitar.

En ese marco, la tregua puede ser narrada como victoria, como concesión o como engaño, dependiendo de quien controla los dispositivos de emisión.

Desde el punto de vista materialista de la semiosis, la guerra cognitiva no se considera un fenómeno secundario, sino que es un elemento constitutivo del modo de producción actual. La acumulación capitalista no sólo requiere plusvalor económico, sino también plusvalor simbólico, adhesión, consentimiento, obediencia internalizada. La tregua, entonces, puede ser funcional a la reproducción de ese orden, al ofrecer una ilusión de racionalidad y control en medio de una estructura que sigue generando violencia sistémica.

No debe subestimarse el carácter disciplinador de estas operaciones. La tregua, presentada como gesto magnánimo, puede actuar como mecanismo de neutralización de la crítica. Quien cuestiona su autenticidad corre el riesgo de etiquetarse como extremista o desestabilizador. Así, la guerra cognitiva no sólo produce relatos, sino que delimita los márgenes de lo decible.

Afirmar que la tregua no incluye la guerra cognitiva no es una denuncia coyuntural, sino una constatación estructural. Mientras exista una lucha por la hegemonía del sentido, mientras la producción simbólica esté concentrada en manos de poderes que responden a intereses de clase, la ofensiva mediática no sólo no se detendrá, se sofisticará.

Porque la verdadera interrupción de la guerra cognitiva no puede decretarse desde arriba, ni firmarse en acuerdos bilaterales. Exige una transformación radical de las condiciones de producción del sentido, una democratización real de los medios y una praxis crítica capaz de disputar la semiosis dominante.

Sin ello, toda tregua será apenas una pausa en el ruido de las armas, pero persistente en la dominación.