La economía tóxica de las redes sociales

La economía tóxica de las redes sociales

En las últimas semanas se ha dado un breve debate en medios electrónicos e impresos sobre supuestas campañas de odio con destinatarios que van desde países y sus equipos representativos hasta gobiernos y sectores de la sociedad. Este fenómeno se ha intensificado en contextos de justas deportivas, elecciones políticas o contrastes culturales, lo que ha llevado a líderes, comunicadores e incluso políticos a expresarse sobre el supuesto origen de estas campañas. Algunos las retratan como gestos espontáneos, mientras otros las caracterizan como expresiones latentes que encuentran válvulas de escape en la interacción digital.

Los debates que actualmente vemos en redes sociales rara vez son gestos espontáneos, se trata de acciones deliberadas empujadas por un patrón estructural de las interacciones digitales. Los algoritmos que gobiernan las plataformas privilegian aquello que genera más reacciones y comentarios, convirtiendo la polarización en un recurso económico. Los algoritmos que privilegian la confrontación no son neutrales, responden a un modelo de negocio que convierte la polarización en capital. Las plataformas que administran estos algoritmos obtienen ganancias extraordinarias. En 2025, una de las principales redes sociales reportó ingresos superiores a los ciento veinte mil millones de dólares, gran parte derivados de publicidad asociada a contenidos que generan controversia. Cada clic, cada comentario y cada reacción se traduce en dinero para corporaciones que han convertido la interacción humana en materia prima.

La automatización amplifica esta tensión. Los algoritmos no sólo deciden qué leemos y qué debatimos, también impactan en nuestro entorno inmediato como el trabajo y la familia, desplazando empleos y reorganizando industrias. La consultora McKinsey calculó que más de ochenta millones de puestos de trabajo tradicionales desaparecerán hacia 2030, mientras que la demanda de especialistas en datos y robótica crece a un ritmo que los sistemas educativos no logran cubrir.